Cuando hablamos de reformas, a menudo pensamos en estética, pero hay amenazas invisibles que debemos gestionar. Los contaminantes biológicos, como hongos, mohos, ácaros y bacterias, encuentran en la humedad interior su aliado perfecto. Una humedad relativa superior al 60% puede disparar su proliferación, afectando al sistema respiratorio e inmunológico de las personas, y además, deteriorando la propia construcción.
La humedad no siempre es visible. Puede llegar por capilaridad desde el terreno, por filtraciones de lluvia, por condensación en puentes térmicos o por escapes en las instalaciones. Por eso, nuestra labor como arquitectos comienza con un diagnóstico certero para detectar el origen del problema. No se trata solo de pintar por encima de una mancha; se trata de erradicar la causa raíz.
Nuestra filosofía se basa en soluciones físicas y duraderas. Por ejemplo, para la humedad por capilaridad, no basta con impermeabilizar, ya que el agua seguirá subiendo. Nuestra solución pasa por liberar los muros de revestimientos plásticos que atrapan la humedad y aplicar morteros de cal, un material transpirable y alcalino que evita la formación de hongos. Esta acción, combinada con una ventilación adecuada, permite que la humedad se evapore de forma natural.
Al final, el control de la humedad es un equilibrio. Buscamos mantener los espacios interiores entre un 45% y un 65% de humedad relativa. Para lograrlo, diseñamos con materiales higroscópicos como la cal, la arcilla o la madera, que actúan como reguladores naturales. En nuestro estudio, consideramos que un hogar saludable es aquel que está en equilibrio con su entorno, gestionando la humedad de manera inteligente.
