La luz es mucho más que una herramienta para ver. En nuestro estudio de arquitectura, la consideramos un nutriente esencial que regula nuestro reloj biológico. La luz solar sincroniza la secreción de melatonina y cortisol, dictando nuestros ciclos de sueño y vigilia. Un diseño lumínico inadecuado, conocido como cronodisrupción, puede alterar estos procesos y asociarse a trastornos del sueño y desequilibrios hormonales.
Por eso, nuestra primera tarea es optimizar al máximo la entrada de luz natural. Buscamos que la luz penetre en todas las estancias, a menudo rescatando ventanas tapiadas o incorporando lucernarios. Pero también sabemos que la luz debe ser controlada. En verano, usamos persianas de láminas regulables o toldos para filtrar la radiación solar directa y evitar el sobrecalentamiento, tal como hacía la arquitectura vernácula.
Cuando la luz natural no es suficiente, diseñamos la artificial con criterio. No nos conformamos con cualquier bombilla LED. Buscamos las que tienen un índice de reproducción cromática (IRC) superior al 90% para que los colores se vean con naturalidad. Pero lo más importante es la temperatura de color: para las zonas de día podemos usar tonos neutros (5.500 K) que favorezcan la concentración, pero en los dormitorios y por la noche, apostamos por tonos cálidos (por debajo de 3.000 K) que no inhiban la producción de melatonina.
Además, evitamos el «flickering» o parpadeo, una fuente invisible de fatiga visual. Un diseño lumínico bien pensado es aquel que es dinámico, que nos permite ajustar la intensidad y el color según la hora y la actividad. Al final, nuestro objetivo es crear espacios que trabajen a favor de nuestra biología, ayudándonos a descansar mejor y a estar más despiertos durante el día.
