En un mundo hiperconectado, estamos rodeados de ondas electromagnéticas de alta frecuencia generadas por el wifi, el Bluetooth y la telefonía móvil. Estas radiaciones, clasificadas por la IARC como «posiblemente cancerígenas» (2B), tienen efectos no térmicos sobre nuestro organismo que aún estamos empezando a comprender. En nuestro estudio de arquitectura, creemos que el diseño de los espacios debe proporcionar conectividad, pero sin comprometer la salud.
Nuestra principal recomendación es una que a menudo sorprende: priorizar el cable sobre lo inalámbrico. Cuando es posible, diseñamos redes de datos con cable Ethernet (CAT6 o CAT7) que permiten conectar ordenadores, televisiones y otros dispositivos sin necesidad de emitir ondas. En lugar de un router wifi central, dotamos a las viviendas de puntos de acceso por cable en las zonas de trabajo y ocio.
Además, enseñamos a los usuarios a gestionar los sistemas inalámbricos. Instalamos interruptores que permiten apagar el wifi durante la noche o cuando no se necesita, un gesto sencillo que reduce la exposición y también ahorra energía. Lo mismo aplicamos para los teléfonos fijos: recomendamos los de cable y evitamos los inalámbricos que emiten constantemente.
Nuestra postura no es tecnófoba, sino tecnológicamente consciente. Se trata de elegir conscientemente cómo nos conectamos. En un dormitorio, el lugar de descanso más sensible, queremos minimizar cualquier fuente de estrés electromagnético. Para nosotros, una verdadera rehabilitación debe considerar estos aspectos, creando espacios que nos conectan con el mundo digital sin desconectarnos de nuestra propia biología.
